En el punto justo donde ocurre el milagro de la vida


Este reportaje a una de las últimas cubanas en obtener un título de Comadrona por la Universidad de La Habana, está dedicado al Día de las Comadronas instituido ppor la ONU cada cinco de mayo.

Por Onelia Chaveco
Fotos y video Geidy Antón González.
Este material contiene entrevista en audio a Sara la comadrona.

Sara la comadrona de Santa isabel de las Lajas

Sara es una negra rellolla que por su alegría y forma campechana de decir te atrapa desde el primer momento.
Con sus casi 90 años y en su habitada soledad en un barrio de Santa Isabel de las Lajas de la provincia de Cienfuegos, una no puede imaginar que tras esta figura pequeña, encanecida y casi ciega, hay una historia de sacrificio, amor y entrega.
De lo contrario, ¿cómo una mujer sola, pobre, negra y de oficio “criada” en una de las casas habaneras de la alta sociedad pudo obtener un título universitario en los finales de la década del 50 del siglo XX?

En la pared descolorida de la casa de esta lajera está el pliego oficial que reza: El Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana otorga a Sara Basilia Sánchez Sarria el título de Comadrona o Partera y firma el mismo el nueve de enero de 1956.
Ese documento tiene un valor intrínseco, no solo porque está registrado al folio seis, número 114 del libro número 4 en la Facultad de Medicina, sino porque lleva la firma del secretario de la Facultad doctor Guarino Radillo, quien en los años 20 acompañó las luchas estudiantiles, junto a Julio Antonio Mella.
“El dueño de la casa donde yo estaba colocada, como se decía entonces, era Pedro Domínguez, y su esposa era mulata ¡pero era malaaaaa…!, cuenta Sara. Ese hombre era profesor en la Universidad por eso permitió mi incorporación a la Escuela de Comadronas, adjunta a la facultad de Medicina.
“Yo estudiaba las clases de obstetricia por la mañana y por la tarde atendía los quehaceres de la vivienda donde trabajaba. A veces estaba lavando y con la conferencia al lado, y leía: “El parto es la expulsión del feto y sus anexos….
“Allí cursé ese oficio en dos años, en los cuales recibía asignaturas como obstetricia, dermatología y otras que ya no recuerdo muy bien, y hacíamos prácticas.
“Cuando culminé y obtuve el título, me dije ahora voy de regreso a mi pueblo, pero antes tengo que comprarme mi maletín de comadrona para poder trabajar, y seguí de criada en aquella residencia hasta que reuní el dinero y me traje para acá mi maletín y mi título de partera”
El acto de parir
Según la investigadora María del Carmen Barcia Zequeira en su estudio Oficios de mujer: parteras, nodrizas y “amigas”, publicado en 2015, “para una mujer es imposible olvidar su parto, de igual forma se recuerda a todo lo que contribuyó a traer un hijo al mundo, cualesquiera que fuesen las circunstancias de ese acontecimiento.
“Posiblemente el acto de parir – continua Barcia Zequeira- sea el más particular y femenino de todas las acciones de la vida cotidiana, éste queda registrado para toda la vida y con una especial carga emotiva en la memoria de las mujeres y por supuesto de toda la familia”.
También las comadronas o parteras no pueden olvidar ningún parto, porque en sus manos, destreza e inteligencia va la existencia de la parturienta y del feto. Por eso Sara recuerda como en flashazos aquellas tantas ocasiones en que tocaron a su puerta en busca de su servicio
“Una vez tuve que hacer un parto solo con la luz de un candil, apenas se veía. Y otro día me vinieron a buscar a caballo porque en el río cercano una mujer que estaba lavando le comenzaron las contracciones, debí traer al bebé dentro del agua.
“Fueron muchos partos tantos que ahora en la calle muchos me llaman madrina y me saludan con respeto, pues mis manos los recibieron en este mundo y les corté el cordón umbilical”.
Además de la madre, la familia y la comadrona, el momento de parir también ha sido reconocido por la ONU, al declarar el cinco de mayo como el Día Internacional de las Parteras, un gesto para reconocer a ese oficio tan humano.
Aunque en Cuba ya no se utiliza el término porque ahora hay una mayor especialización de la medicina y la especialidad gineco-obstetricia, la citadina Casa de Altos Estudios graduó hasta 1856 en que cerró sus puertas a comadronas y parteras.
Una vieja estela antes de Sara
El acceso de la mujer a la universidad encontró muchas trabas debido a las desigualdades y barreras socioculturales construidas sobre el género.
Ante la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía, que fue creada por Real Cédula de 1830, debían rendir exámenes las muchachas que optaran por el título de comadronas, de los cuales fueron expedidos solo 15 entre 1836 a 1842 en que terminó sus funciones dicha institución, según plantea el doctor Gregorio Delgado García en su análisis titulado Presencia de la mujer en la historia de la medicina cubana.
A la cifra ínfima de féminas con acceso a las aulas, se unieron otras condicionantes negativas que las afectaban tales como el hecho de ser pobre y negra, razones por las cuales mucho menos ellas podían aspirar a alcanzar una superación académica.
El oficio de comadronas o parteras, por ser tenido como de poca monta, siempre fue relegado a las mujeres negras, de ahí que quienes accedieron a esos estudios fueron en su mayoría muchachas de ese color o mulatas.
Incluso, en el Reglamento para parteras en su artículo cuatro se hace diferencia de las jornadas en que asistían estas mujeres a las aulas, cuando dispone… “Los días de lección para las blancas serán los miércoles y para las de color los sábados de todas las semanas”.
La Universidad funcionó hasta noviembre de 1956, por orden del tirano Fulgencio Batista, ante los acontecimientos del desembarco del Granma por los jóvenes comandados por Fidel Castro.
Por cuanto la graduación de comadrona de Sara estuvo entre las últimas de ese centro.
Sara, luego del triunfo de la Revolución
“Cuando llegó el Primero de Enero de 1959, fui a ponerme a disposición de las nuevas autoridades de salud, específicamente de Erodin Zamora, padre de Inés Zamora, actual oftalmóloga cienfueguera.
“Se organizó todo, y empecé a trabajar en una casa de socorro aquí en Lajas, no como comadrona sino como enfermera, junto a otras compañeras como María Herrera, Zoila Cartaya y Esperanza Martínez.
“Y así laboré siempre en asuntos de partos, hasta que me jubilé, y doné mi maletín con todo el instrumental al Museo Municipal de la localidad”.
Con casi nueve décadas de vida, Sara sigue siendo una guerrera, campechana y alegre como solo puede ser quien ha vivido tanto tiempo en el punto justo donde ocurre el milagro de la vida.

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Acerca de Onelia Chaveco

Soy periodista cubana
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