Niñas yunteras


Por Onelia Chaveco Chaveco

Los hombres grandes no pertenecen solo a su pueblo. Por eso el poeta Miguel Hernández no es únicamente de los españoles, como José Martí no les corresponde en exclusiva a los cubanos.
Así de tan simple era la conclusión a la que llegaría muchos años después, pero en aquel momento, con apenas nueve años, no podía concebir tal idea.
Miguel Hernández  el poeta alicantino, nunca nos visitó desde la lejana España, aunque para el caso era igual, porque aquel profesor de voz trémula contaba cosas tan hermosas de sus versos, que me parecía sentir al Miguel Hernández- niño, entrar en silencio y sentarse al fondo de las clases.
Fue así como le conocí cuando apenas yo tenía esa edad. Entonces era una chica esmirriada de moños tejidos, que asistía a una escuelita rural en un punto de la antigua provincia de Oriente, en Cuba.
El maestro Luis Manuel presentó la obra de Miguel Hernández en clases. No era tema de estudio para quinto grado, pero al parecer amaba la obra de Miguel, tanto que en la asignatura de gramática y ortografía nos ponía a hacer oraciones, composiciones sobre aquella poesía o simplemente a dividir palabras.
Para algunos chicos era insoportable interpretar los poemas, aunque a mí que me gustó tanto leer, me agradaba la pasión conque el maestro disfrutaba cada verso, o la historia de vida del autor muerto en una prisión de España cuando solo tenía 31 años.
De todo aquello me quedó un gran recuerdo; era una remembranza rara porque desde entonces y hasta muchos años después solo pensaba en el Miguel Hernández -niño-niño yuntero, porque el maestro Luis Manuel pintó tan lindas las referencias al Niño yuntero, que nunca más pude ver al Miguel hombre. Sencillamente se me quedó sin crecer.
A partir de entonces debí sufrir las chanzas de un compañero de aula quien comenzó a decirme niña yuntera. Lo decía por mi hermana Ana. Ella con sus 12 años ayudaba al viejo en el campo y llevaba los narigones de la yunta de bueyes para que mi papá arara la tierra, donde plantaría viandas y hortalizas.
Por la ventana de la escuelita, se podía ver la vega del viejo recostada en la suave ladera, cual tablero de ajedrez construido de matices más verdes acá, o allá de color musgo, y los más lejanos coloreados de un amarillento, según los tipos de cultivos y sus estadíos.
Yo los veía ir hacia la izquierda en ese orden: niña-bueyes-arado-papá-el perro Campeón-y tres garzas. Y luego se salían del marco de la ventana hasta un buen rato cuando regresaban en el mismo orden. A veces cansado del ir y venir, Campeón se echaba bajo algún arbusto, o solo por entretenerse azoraba a la bandada de cocos blancos que comían tras la tierra roturada y con olor a humedad.
Felipe, el chiquito burlón del aula, quien desde su pupitre también veía la imagen bucólica de mi padre arando, me pasaba un papelito que decía: “Cuando tu hermana se case, tú serás la otra niña yuntera, eso será pronto, prepárate para llevar los narigones de los bueyes”.
enyugar la yunta de bueyes
Ana era la segunda de todos nosotros, los seis hijos de Luisa y Deluvino. Mi hermana era fuerte y espigada. Quizás por eso el viejo la llevaba al campo, mientras la mayor asumía los quehaceres de casa en ese horario de la mañana y ayudaba a atender a la más chiquita. Entretanto los otros tres íbamos al colegio. Por la tarde se invertía la jornada estudio- trabajo y nos tocaba entonces las faenas de casa.
Mi hermano daba agua y de comer a los caballos, cortaba maloja, o molía el maíz. Y si debía buscar la leña en la carreta, me gustaba irme con él para comer frutas y bañarme en el río Cauto.
Las labores de recoger tomate o escoger tabaco no las hacía porque mi mamá me libraba siempre de ella a sabiendas de mi pavor a las orugas. Era un miedo ancestral que pasó de la abuela a ella y de ella a mí. Yo tendía la ropa lavada, la recogía y doblaba, barría los patios, y cuidaba el jardín. Cuando terminaba mis quehaceres ella me buscaba en la prensa de maíz, donde tenía mi escondite para leer.
Me enviaba entonces a llevarle agua o merienda a mi papá, que a esa hora de la tarde era acompañado por mi hermano Alfredo. Yo le esperaba bajo la sombrita del piñón florido. La comitiva entonces se detenía, los bueyes jadeando del cansancio, y ellos empapados de sudor.
Mi papá era un negro fuerte y rellollo, que lo único que supo hacer toda su vida fue trabajar la tierra para garantizar el sustento de los críos. Él fue un niño yuntero y también hombre jornalero porque por muchos años, desde el amanecer y luego de colar el buchito de café en aquel fogón de leña, salía a la húmeda madrugada para enyugar a Coronel y Voluntario, los dos bueyes de casa.
No sabía leer, porque aunque la Revolución Cubana en 1961 llevó la alfabetización a llanos y montañas, ya él tenía 50 años cuando la cartilla y el lápiz llegaron a sus manos callosas de machete y arado.
Al parecer su inteligencia se había poblado de yerba por esas guardarrayas de caña que no le dejaban ver la luz del sol, tampoco distinguir que la o era o y la a era a.
Pero del campo lo sabía todo, y para él las cosas y hasta los animales tenían carácter. Por lo menos eso dejaba traslucir, tanto que cuando recuerdo por ejemplo la prensa, un tabique donde guardaba el maíz de la cosecha, me parece que ésta se convertía en cómplice de nuestras chiquilladas, porque era el lugar favorito de mi hermano para jugar a los escondidos. Según papá a la prensa no le gustaba permanecer vacía, sin maíz.
También tenían carácter o personalidad los perros de casa, Capirito el haragán, y Campeón el laborioso, mientras Coronel era el buey que mandaba en la yunta, el que se escapaba del sitio, se metía a comer la cosecha del vecino. Cuando Voluntario se veía solo tras la talanquera bramaba de una forma tal que Deluvino, mi papá, interrumpía su siesta a las tres de la tarde, vistiéndose con toda prisa las ropas de campo: “Para buscar a Coronel que ya se volvió a ir donde lo del compadre Juan”
A mis nueve años pensaba que el vacuno tenía un lenguaje especial que papá entendía, sin embargo él estaba en lo cierto, Coronel había brincado la cerca de alambres de púas hacía rato y su compañero de años le llamaba o al menos avisaba al dueño para que trajera a su yunta al potrero.
En medio de esa vida armónica, rural y humilde, papá conoció de Miguel Hernández por mí. Cuando me veía leyendo se interesaba en mi lectura, pero si le ofrecía el texto me respondía: “que va, yo tengo la vista cansada, léeme tú un poquito”.
Siempre fui la lectora de la familia. En las noches, luego de las comidas no había más que hacer en un barrio sin luz eléctrica y cuyos vecinos vivían separados por las fincas. Salíamos al patio, contábamos estrellas, recogíamos cocuyos, oíamos las historias que contaban los padres.
Hubo un tiempo en que alguien llevó la novela El derecho de Nacer, y yo leía para todos a la luz de un candil, capítulo por capítulo, de lo que se considera la novela pionera del melodrama en el continente americano.
Como el maestro conocía de mis inclinaciones literarias, me prestaba libros. Fue esa vez cuando me entregó un texto donde venían algunos poemas de Miguel Hernández, como Vientos del pueblo, Jornalero y Nana de Cebolla. Fue así como el poeta español entró en mi casita de guano y tablas.
Por esos días que estudiamos en clase al autor y su obra, el maestro quería que yo recitara el poema de Niño yuntero en el acto del viernes.
Me lo aprendí al dedillo, tanto que hoy todavía puedo recitar sus versos de memoria. Se lo decía en las noches a la familia reunida, a mi hermanita menor cuando jugábamos “A las casitas”, lo leía bajo el cedro del patio, montada en la carreta que descansaba su faena del día o cerca de papá que escogía unas hojas de tabaco recién cortadas.
Esa vez, cuando empecé a declamar, mi padre me acompañó despacio:

Carne de yugo, ha nacido poniendo los frontiles a la yunta
Carne de yugo, ha nacido

más humillado que bello,
más humillado que bello,

con el cuello perseguido
con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,

a los golpes destinado,

de una tierra descontenta

y un insatisfecho arado…

-“Pero no entiendo porqué ese muchacho está tan agraviado con trabajar la tierra- me interrumpió el viejo- si no hay nada mejor que romper la entraña del suelo y hacer que produzca muchos tomates, plátano, frijoles, todo lo que da alimento y vida.
-Es que hacer ese trabajo todos los días, sin ir a la escuela, sin estudiar y siendo pobre, es triste- fue lo que pude argumentar, al tiempo me interrumpió categórico.
– Bueno a la escuela sí es bueno que vaya, pero por trabajar la tierra nadie se muere, yo desde vejigo estoy pegado al surco, sembrando, cosechando, de sol a sol, bajo lluvia. Trabajé en la época de la colonia, cuando pagaban una menudencia por sembrar, limpiar y cortar caña, y al regreso me pegaba a hacer cualquier cosa en la vega, y en la finca.
-Pero él es solo un niño que está como esclavizado en esa tarea.
-Entonces, porque tu hermana me ayuda llevando los narigones eso es una esclavitud, ¿qué saben ustedes de trabajo? Mejor aprenden del campo para defenderse en la vida. Alguien tiene que trabajar la tierra, sino quien va a aportar alimentos. Si todo el mundo estudia y se hace médico, o ingeniero, quien va a guataquear la yuca y el maíz.
_ Tú no entiendes bien el poema. Ese niño está con hambre porque no tiene qué comer, haciendo ese trabajo para ganar algo con qué ayudar a la familia, y no es justo que esos niños trabajen por un salario, a la edad de ir a la escuela.
-En eso si tienes razón, gracias a Dios que Fidel Castro hizo esta Revolución y ahora ustedes pueden ir a la escuela, por eso quiero que tú seas médico, que estudie y te haga alguien grande, y cuando yo sea un viejito me cures. ¡Claro, ir un día a trabajar en la finca no es nada del otro mundo! ¡Quién me va a ayudar si el único varón pronto se va al servicio militar y tu mamá nada más supo parir hembras!
-Las hembras somos mejores, más cariñosas, y más inteligentes…
-¡En cambio son más brutas para el trabajo en la finca! ¡Están igual que ese niño yuntero que me parece más haragán! ¡A que no sabe enyugar bien los bueyes, ni poner una herradura a un caballo, ni capar a un toro!
-Bueno, deja de hablar mal de él que ya le tengo cariño, y si dices tantas cosas malas no me aprendo bien el poema –fue mi defensa infantil a las opiniones paternas.
Mi madre que escuchó la discusión se acercó para mediar, siempre con sus criterios certeros e inteligente y me propuso copiar el poema o por lo menos la primera estrofa de cada verso en tarjetas enumeradas para saber el orden original del poema.
Agradecí la idea porque estaba realmente cohibida con las chanzas de Felipe, el niño burlón del aula, y me horrorizaba de que en medio de mi recitación me gritara: Niña Yuntera.
El viernes llegó más rápido que de costumbre. Ana me hizo un peinado hermoso y mamá planchó el uniforme tan bien que se podía sentir -en el olor del planchado- el orgullo por la hija que actuaría en la actividad de la escuela.
Ese día el acto no fue dentro del aula. El maestro explicó que vendría una visita y se haría la actividad en el matutino, es decir en la formación del patio escolar.
Lo hice de maravillas. Lo sé porque me aplaudieron mucho y la inspectora que vino de visita me regaló un cuaderno de dibujo, mientras el profesor Luis Manuel le decía cuán aventajada era la alumna recitadora. Bueno, lo digo porque en ese momento sentía todo el orgullo de ser inteligente, de ser útil al maestro y sacar la cara por la escuela.
Ya en clases la inspectora empezó a comprobar con preguntas cuánto habíamos aprendido, pero todos teníamos miedo y pena a hablar. Para mí una cosa era repetir el poema requeteaprendido y otra pararse delante del grupo, hilvanar una idea correcta y expresarla.
Mas, ella para dar ánimo solicitó que le dijéramos con nuestras propias palabras cómo veíamos a Miguel Hernández, quien era este hombre, y qué hizo a lo largo de sus años.
Nadie levantó la mano. A esa hora todos clavamos la vista en el piso, o en la libreta, alguien escribía no sé que oración con tantísimo interés, mientras que otros buscaban en su mochila.
El maestro con su voz aún más trémula instó a los alumnos mayores, no obstante se removieron en las sillas sin atreverse a dar el paso.
Me dio tanta lástima el maestro, ya casi pálido por el chasco, que levanté la mano solo a la altura de la cara, muy despacito. Y enseguida la visitante me hizo levantar y venir hacia delante para que todos vieran ¡Cómo la más chiquitica de toda la escuela había dado el paso al frente!
Me repitió la pregunta, mientras yo miraba tantos pares de ojos encima de mí. Por suerte me acordé de los consejos de mi mamá “Mira a un solo punto al final del aula, y háblate como si fuera a ti misma”.
-“Bueno yo veo a Miguel Hernández como el niño yuntero, que a la vez es como si viera a mi papá que cuando niño también llevaba los bueyes y araba la tierra, y todavía sigue arando con sus bueyes. Pero él lo hace para dar alimentos a su familia, y porque siempre fue su trabajo. Sin embargo el niño yuntero era pobre y hambriento y tuvo que dejar de estudiar para trabajar en la tierra…¨
-Muy bien-me interrumpió la inspectora riendo, no sé porqué, de la respuesta.
Entonces el maestro le explicó que todos o casi todos los niños allí eran hijos de campesinos que cultivaban la tierra o eran ganaderos. Incluso muchos laboraban en las fincas de los padres durante la sección que no tenían clases. Por eso el referente mayor era la familia.
-Pero eso es bueno, muy bueno, que comparen sus vidas con las obras estudiadas en clases. Es un aprendizaje muy práctico. Y felicitamos a la alumna Nery, que de seguro va a ser una niña yuntera.
Solo escuché unas risitas por lo bajo, pensé que era Felipe, pero era el aula entera. Lo que tanto temía del burlón de la escuela, ahora me llegaba en boca de la inspectora quien venía a poner el dedo en la llaga.
Creo que fue un suspiro grande, o quizás un sollozo largo, pero de nuevo todos los pares de ojos estaban sobre mí, incluso los del maestro y la inspectora y yo rompí a llorar tan desconsoladoramente que me dieron agua con azúcar y me sentaron en la dirección porque a estas alturas nadie sabía lo que me había pasado.
Quiso el maestro quedarse a solas conmigo para ver si estaba enferma o molesta. Y a mucho preguntar y ver mi llanto y mis mocos, le respondí: -Es que no quiero ser Niña yuntera como mi hermana, yo voy a ser médica…
Vi que respiró aliviado y hasta se sonrió orgulloso, y con su pañuelo secó mi cara compungida, mientras me decía.
-Claro que sí, vas a ser médica, tú eres muy inteligente, y verás como te vamos a ayudar a encaminarte para que continúes estudios y un día llegues a la universidad.
Creo que decir el poema en el matutino y responder la pregunta de la inspectora me hizo ascender en el colegio, pues al día siguiente me propusieron para jefe de destacamento y poco después para un concurso de español, y así vinieron méritos y logros que a lo mejor no los merecía mucho, aunque en verdad me convertí en la cara de la escuela y quien sacaba las castañas del fuego al maestro en cada inspección o concurso.
Realmente fui yuntera. No porque se hubiera casado mi hermana Ana, sino porque con la nueva Cuba Socialista se abrían muchas posibilidades, por eso ella y la mayor partieron a estudiar en las montañas de Minas de Frío, en la Sierra Maestra; también la tercera del grupo se preparaba para el oficio de dulcera. Además el único varón de la familia fue a cumplir con el Servicio Militar.
Debí llevar los narigones. yunta nueva
Hace solo unos días, después de 41 años de aquellas labores agrícolas, pregunté a mi madre porqué el viejo no echaba por encima de la yunta las sogas de los bueyes y con guiarles desde atrás araba la tierra, y no que algunas de las hijas debiéramos dedicar un precioso tiempo a esos menesteres.
“Porque quería surcar hasta la mismita orilla de la finca, y solo guiando a la yunta podía roturar hasta el final del surco- esa fue de sencilla la explicación de mi tiempo como niña yuntera.
No había que alar a los animales, solo sostener los narigones firmes y caminar delante. Cuando era campo sin roturar era más difícil, había piedras, yerbas con espinas y sobre todo gusanitos de varios colores que me oprimían el pecho del terror que les tenía.
Sin embargo, cuando había que aporcar el maíz sembrado de poco tiempo, o solo hacer el cruzamiento de las tierras en preparación, era mucho mejor. Me descalzaba y hundía los pies en la tierra negra y fértil, que como mujer sensual se aprestaba a ser preñada de nuevas semillas.
El olor a naturaleza me inundaba los sentidos y recordaba y me sentía entonces un Miguel Hernández, pero diferente y feliz
Aunque han pasado varias décadas de mi niñez yuntera, y luego en estudios superiores conocí la otra parte de la vida de Miguel Hernández, siempre vuelvo a recordar al niño dentro de ese hombre, sus raíces, su historia, cuánto sufrió.
Y al propio tiempo vuelvo en un regreso a mi niñez feliz, de vida rural en una Cuba que estrenaba su revolución de “con los humildes y para los humildes”.
Se extendía poco a poco el desarrollo por llanos y montañas. Al barrio rural donde vivía llegaron captando muchachas para los cursos Ana Betancourt, un proyecto para enseñar a las campesinas a coser y bordar. También llevaron algunos niños huérfanos del barrio a estudiar a la capital del país.
Yo me fui a los once años. Iba a continuar estudios en una secundaria en el campo y luego continuaría nivel por nivel hasta la universidad, como auguró el maestro Luis Manuel.
No me hice médica como quería papá, sin embargo el periodismo me ayudó a ver la vida desde una dimensión más amplia, incluso comprender que el viejo tenía razón cuando decía no todos pueden ser médicos e ingenieros. ¿Quién va a arar la tierra?
Solo que en Cuba hoy se ha dignificado a las personas que realizan esas faenas, se les entregó más tierras, insumos y equipamientos y hay un llamado de la máxima dirección del país “a virarse hacia la tierra”, en el sentido de que es allí donde vamos a encontrar los recursos autóctonos para preservar la vida, sin tener que importar alimentos a precios elevados, en medio de una crisis global, en un mundo afectado por guerras, hambrunas, cambio climático y las grandes diferencias entre ricos y pobres.
Hace más de 40 años que conozco a Miguel Hernández, gracias a aquel maestro de la primaria, quien se apropió del poeta nacido en Orihuela y nos los trasladó con sus virtudes y defectos, y sobre todo con esa poesía sublime, para que nosotros, niños campesinos en la revolución cubana naciente, conociéramos de hombres universales como el autor de Niño yuntero.
Aún me sorprendo al comprobar cuánto marcó mi vida aquel poema y cuánto me enriqueció su fibra humana, ¿Tendría razón Felipe, el chiquillo malcriado del aula al bautizarme desde entonces como la Niña yuntera que iba a ser y en el fondo he seguido siendo?

Biografía de Miguel Hernández
http://www.ivoox.com/una-biografia-un-poeta-miguel-hernandez_md_535350_1.mp3″

Niño Yuntero
http://www.ivoox.com/nino-yuntero_md_270259_1.mp3″ Ir a descargar

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Acerca de Onelia Chaveco

Soy periodista cubana
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