Aipirí, o la mariposa nocturna


Por: Onelia Chaveco
Si había una india hermosa, presumida, coqueta y parlanchina, inclinada a engalanarse con piedras, conchas, zarcillos y pulseras de guanín, esa era Aipirí que en el territorio de Jagua, a todas horas llevaba flores de rojo intenso en su cabellera negra.
260px-Tatagua Cuando un gran cazador siboney la requirió de amores, la muchacha se unió a él y formó un hogar, pero ella no estaba contenta pues se sentía atrapada entre las rejas de sus obligaciones hogareñas, tales como tejer redes y cocer el casabe.
Cuánto extrañaba las diversiones y placeres, los halagos y alabanzas, hasta que se rindió ante su lucha por mantenerse como una esposa tranquila y a escondida de su marido volvió a las fiestas y diumbas.
Luego de nacer el primer hijo, Aipirí se vio en la dura disyuntiva de ejercer la crianza o continuar con sus días de asueto, sin embargo ni el amor por el cazador, ni la maternidad que tanto vivifica a las mujeres, lograron que Aipirí cambiara su forma de ser, por el contrario siguió atraída por el baile y el canto, donde deleitaba a todos con su voz.
Y el crío quedó llorando, abandonado a la suerte, durante todo el día hasta que la madre se deslizaba entre la vegetación y a hurtadillas llegaba a casa antes que el esposo.
Vinieron otros hijos más y la despreocupada india volvía a abandonar el bohío día por día, sin dolerle la situación en que quedaban los pequeños que casi morían de hambre, sed y soledad.
Hasta que el llanto de los niños llegaron a oído de Mabuya, el genio del mal para los indígenas, e indignado con tantos gritos y la ligereza de la madre, los transformó en un arbusto venenoso, conocido hoy con el nombre de Guao, cuya pronunciación es muy similar al sonido emitido por las seis gargantas infantiles que clamaban por la leche materna
El Guao es un árbol estéril, cuyas hojas y resina producen al contacto, hinchazones y llagas; y al parecer hubo muchas plantas de ese tipo en un lugar de Cienfuegos que hoy lleva el nombre de Guaos.
Pero, luego que el espíritu del mal había hecho de las suyas, el duende del bien hizo justicia al imponer un correctivo a la madre irresponsable, al punto de transformar a Aipirí en Tatagua, esa mariposa nocturna de cuerpo grueso y alas cortas, conocida con el nombre de Bruja.
Es así que cuando una tatagua entra revoloteando en una casa, no debe verse como la india Aipirí que anda en diversiones sino como una visita para advertir a las madres lo sagrado de sus obligaciones, pues pese a los grandes placeres jamás deben dejar abandonados el fruto de su vientre.

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Acerca de Onelia Chaveco

Soy periodista cubana
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